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Petro, de jaguar a gatico 

La historia es implacable con las incoherencias. Y este episodio quedará marcado como el día en que se cayó la narrativa que tanto había construido contra Estados Unidos. 

Por: Sofy Casas

La incoherencia no siempre llega con estruendo. A veces entra por una llamada telefónica. Gustavo Petro pasó años construyendo un discurso antiimperialista, atacando a Estados Unidos, señalando a Washington como el gran villano de América Latina, llamando a la movilización popular contra el “imperio”, agitando el resentimiento ideológico como si fuera política exterior. Rugía. Se autoproclamaba jaguar. Desafiaba. Provocaba. “Si me va a meter preso, a ver si puede”, decía, convencido de que la retórica bastaba para sostener el poder. Pero cuando la realidad tocó la puerta, el jaguar desapareció.

Tras la captura de Narco-Maduro por parte de Estados Unidos y el remezón geopolítico que sacudió a la región, Petro reaccionó como siempre sabe hacerlo desde el micrófono. Discursos encendidos, llamados a protestas, advertencias sobre amenazas imperiales, poses de resistencia latinoamericana. Atacó a Trump, atacó a Washington, atacó la idea misma de la intervención estadounidense. Todo muy épico. Todo muy performático.

Sin embargo, hay un dato clave que el petrismo intentó distorsionar deliberadamente. Estados Unidos nunca habló de atacar a Colombia como país. La advertencia no era contra la nación, ni contra su soberanía, ni contra su población. El mensaje iba dirigido a él. A Petro. A su gobierno. A su modelo. Porque en Washington la lectura es otra. Petro no es visto como un simple presidente incómodo, sino como un actor que ha tolerado, facilitado o sido funcional al ecosistema del narcotráfico regional, y como cómplice político de la narcodictadura venezolana que hoy colapsa.

Por eso la amenaza no era militar contra Colombia. Era política, judicial y estratégica contra quien consideran el eslabón blando —y peligroso— de esa cadena. Hasta que levantó el teléfono.

No fue Trump quien buscó a Petro. Fue Petro quien llamó a Trump. Ese dato, por sí solo, desnuda toda la escena. El exguerrillero que en público incendiaba el relato antiyanqui, que incluso llegó a decir que retomaría las armas si era necesario para defender la “soberanía”, en privado marcaba el número del líder del “imperio” para bajar la tensión. No fue un acto diplomático noble. Fue un acto de repliegue. De cálculo. De supervivencia.

Trump confirmó la llamada. Confirmó que hablaron. Confirmó incluso que lo invitó a la Casa Blanca. Y ahí es donde el petrismo intenta vender humo. Pretenden presentar la invitación como un gesto de respeto, como un reconocimiento entre pares. Pero la política real no funciona así. Estados Unidos no invita por invitar. Trump no abre las puertas de la Casa Blanca para abrazar discursos ideológicos ajenos. La Casa Blanca no es un salón de reconciliación simbólica. Es el centro del poder.

Esa invitación no es un honor. Es un jalón de orejas, una advertencia con protocolo. Es Trump mostrando quién tiene el control del tablero y sentando a Petro para decirle, sin titubeos y sin poesía, qué espera de Colombia en la lucha contra el narcotráfico. Porque mientras Petro hablaba de paz total, de diálogo con criminales y de cambiar el enfoque frente a las drogas, Colombia se convirtió en el mayor productor potencial de cocaína del mundo. Mientras insultaba a Washington, los carteles crecían, las rutas se consolidaban y el control territorial se perdía. Eso, en Estados Unidos, no se lee como ingenuidad. Se lee como complicidad política.

Por eso el discurso se cayó. Por eso el antiimperialismo se volvió insostenible. Por eso el jaguar terminó convertido en gatico, buscando refugio cuando el poder real mostró los dientes. Petro entendió que el tono desafiante ya no servía cuando Trump lo puso públicamente en la órbita del narcotráfico, cuando lo señaló como parte del problema y no como un aliado confiable.

Aquí es donde el escenario se vuelve más delicado. En Washington las palabras no se lanzan al vacío. Cuando se habla de carteles, de narcoestados y de responsabilidades de gobierno, hay expedientes detrás. La inclusión a la lista Clinton es la confirmación de todo lo que saben de él y de su círculo más cercano. Y cuando Estados Unidos empieza a trazar ese camino, el siguiente paso nunca se anuncia. Se construye. Y un indictment es el resultado final. Es el mismo método y camino que utilizaron con el tirano Maduro y ya el mundo entero sabe cómo terminó.

Petro lo sabe. Por eso llamó. Por eso se moderó. Por eso pasó del insulto a la diplomacia forzada en horas. No fue que hizo un giro ideológico. Fue un golpe de realidad y le tocó agachar la cabeza. Una cosa es jugar al revolucionario desde la tarima y otra muy distinta es enfrentarse al aparato judicial, financiero y de seguridad de la principal potencia del mundo.

Lo que viene no es una visita amable. Es un examen. Es Estados Unidos diciendo “te escucho, pero bajo mis reglas”. Y es Petro enfrentando el momento más incómodo de su presidencia. Explicar cómo y por qué debió aumentar los cultivos de coca en el país y de cómo pasó de atacar al imperio a buscarlo por teléfono.

La historia es implacable con las incoherencias. Y este episodio quedará marcado como el día en que se cayó la narrativa que tanto había construido contra Estados Unidos. El día en que el discurso antiimperialista se lo tuvo que tragar al chocar contra el poder real. El día en que el jaguar dejó de rugir y aprendió, a la fuerza, que siempre hay un animal más grande capaz de domarlo. Águila no caza moscas, señor Petro.

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