Ser cómplice o aliado de un Pablo Escobar moderno con ejército y que usurpó el poder nunca puede terminar bien.
Luis Carlos Vélez
Nicolás Maduro está contra las cuerdas. La llegada de barcos de guerra y un submarino estadounidense al Caribe no es un simple ejercicio militar. Es una advertencia clara: el régimen está en la mira, y el apoyo creciente de Gustavo Petro solo perjudica a Colombia. Me explico.
Estados Unidos puede decir que la operación es contra el narcotráfico, pero todos entienden el mensaje. La historia reciente lo demuestra: cuando Washington decide escalar, algo termina ocurriendo. Y esta vez no hay duda de que el objetivo final es debilitar a Maduro.
¿Una invasión a gran escala? Poco probable. Lo realista es otra cosa: presión sostenida, operaciones selectivas, incentivos a la traición dentro del régimen. En otras palabras, empujar a que la implosión venga desde adentro.
El contexto de los tiempos es también revelador. El movimiento de los barcos artillados ocurre después de que Trump se reuniera con Putin en Alaska. El silencio de los rusos es ensordecedor. En otras ocasiones, Maduro no ha tardado en desplegar ejercicios militares o mostrar sus alianzas. Hoy, en cambio, busca respaldo en sus vecinos y en aliados como el presidente colombiano.
Es ahí cuando el caso de Bashar al Asad, en Siria, viene a la mente. Cuando perdió el apoyo de Rusia, se acabó su reino. En diciembre de 2024 cayó de manera fulminante: una ofensiva rebelde derrumbó su régimen en apenas 11 días y lo obligó a huir a Moscú, donde hoy vive exiliado. Durante años se creyó que era intocable, protegido por Moscú y Teherán, pero al final el poder se le esfumó de golpe. Esa es la lección que debería preocupar a Nicolás Maduro: ningún dictador resiste para siempre y, cuando las fisuras internas se juntan con la presión externa, el derrumbe puede llegar tan rápido como el trino que confirme la noticia.
Maduro responde con lo mismo de siempre: discursos, milicias, agradecimientos a sus aliados. Pero cada movimiento suena a defensa desesperada. El problema no es lo que diga hacia afuera, sino cuánto tiempo podrá mantener la lealtad de los suyos mientras el cerco se estrecha.
Por eso, la conclusión es simple: algo va a pasar con Maduro. No sabemos si será un golpe interno, una operación quirúrgica o un desgaste definitivo, pero la etapa de la resistencia infinita parece agotarse. El tiempo del chavismo, al menos bajo Maduro, empieza a acabarse.