MARÍA ISABEL RUEDA
¿No será que modernizando la parábola al ritmo de los tiempos, el Epulón de hoy viene a ser Petro?
¿Petro llenó la plaza de Bolívar? Casi. Había mucha gente, pero muchos huecos. Y trucos para achicar el espacio. Estuvo lejos de ser una asistencia espontánea. Unos eran funcionarios públicos que, en agradecimiento o por miedo –hasta por admiración, si quieren– no se perdieron esta “fiesta de la democracia y de la libertad”; también grupos étnicos que el Gobierno fletó a través de millonarios contratos como el que dicen que firmó con el Cric un día antes de la manifestación y a cuyo servicio puso buses alquilados. También estaban ciertos sindicatos. ¿Cuánto costó la operación? Nunca sabremos.
El hecho claro es que la agresividad, los insultos y provocaciones del Presidente desde su tarima tenían un grave y amenazante tono vindicativo contra un Congreso con el que, hasta hace pocos días, esperaba hacer dizque un acuerdo político. No podían faltar sus arengas contra los “oligarcas, los dueños del dinero, los que matan y asesinan”, contra “los hijos de papi y mami” que se burlan de la señora de los tintos, contra “los alcalduchos”, contra los congresistas traidores “por la codicia, por dineros y porque se han arrodillado al rico Epulón”.
Perdón: ¿de dónde provino el intento de comprar a algunos congresistas con contratos que ofrecieron tanquear en su momento sus propios ministros de Hacienda e Interior? Pues del propio Gobierno…
La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro aparece en el Evangelio de san Lucas. Era un personaje que celebraba con frecuencia suculentas comidas, mientras el pobre Lázaro esperaba a la puerta de su casa alguna migaja, pero “solo los perros lamían sus llagas”.
Y luego Petro incita al pueblo a “rebelarse contra la tiranía”. ¿Cuál? ¿Hasta dónde llegará esa invitación? ¿Y qué tanta es la amenaza de que “el pueblo sacará del Congreso” a quienes no obedezcan al “pueblo” interpretado por Petro?
La agresividad, los insultos y provocaciones del Presidente desde su tarima tenían un grave y amenazante tono vindicativo contra un Congreso con el que, hasta hace pocos días, esperaba hacer dizque un acuerdo político
La pregunta es: ¿quién es el verdadero Epulón en esta historia? No son los empresarios que crean industria y generan trabajo, sencillamente porque se preocuparon por una reforma que encarecería el empleo formal y los costos de producción y que, al final, terminaría reflejándose en un aumento de la inflación y el desempleo. Tampoco los comerciantes, incluyendo las pymes que muchas veces sobreviven precariamente. No somos quienes trabajamos con el sudor de la frente e intentamos ahorrar para nuestra vejez en medio de la avalancha de indelicadezas y derroche de este gobierno. Tampoco quienes no acataron el día cívico de Petro guiados por la conciencia de que, como pocas veces, lo que necesita el país es trabajar y trabajar para crecer, porque nos están carcomiendo el déficit y el aumento de la deuda pública.
¿No será que modernizando la parábola al ritmo de los tiempos, el verdadero Epulón de hoy viene a ser Gustavo Petro y el reemplazo de las opíparas comidas vendría siendo el suculento poder y presupuesto públicos, mientras los colombianos, cual Lázaro, esperamos una migaja de alivio financiero, tributario, una cita médica oportuna, medicamentos, gas a precio justo, petróleo? Es decir: ¿una migaja de decencia de este gobierno?
Pero no. Por el contrario, si a este Epulón se atreve un ministro de Hacienda a decirle que hay que bajarle al gasto porque el país arriesga su futuro fiscal; y ante la evidencia de que se le puede dañar la opípara cena del poder que ejerce, Epulón lo despide. Mantiene cerrados los ojos ante los escándalos de corrupción de su gobierno que arrancan por su propia familia, siguen con altos funcionarios del Gobierno robándose el agua de los guajiros, con la ‘Pitupolítica’ y los clanes Torres para lo que se ofrezca; y gastando millones en contratación que, como denuncian el concejal Daniel Briceño y ‘Semana’, incluyen uno de $ 842.766 millones que el gobierno de Epulón le dio a un tristemente célebre exfiscal (quien en sus tiempos libres ejerce la profesión de víctima), dizque para proteger la imagen del Gobierno.
Al opíparo Epulón que encabeza este gobierno no le importa nada de lo anterior. La corrupción siempre se la achaca a los demás. Instrumentaliza al que él llama “pueblo” y le tiene sin cuidado meterle $ 500.000 millones a la tal consulta popular que, contradictoriamente con declaraciones de los ministros de que pueden sacar decretos reemplazando buena parte de las reformas que se cayeron por lo que estas ya no importan, insistirá en ella, en busca de una “segunda oportunidad”. Mientras tanto, lloverán flores y mariposas amarillas (que anuncian “revolución”) sobre tanta multitud fletada; y todo arranca, anticipada y tramposamente, la campaña presidencial sufragada desde el Gobierno, para que quede instalado en el trono de Epulón quien él designe, como digno heredero (a) de su proyecto político.
De resto, colombianos: a esperar las migajas de Lázaro. O a que los perros nos laman las heridas…
MARÍA ISABEL RUEDA